La imagen del sueño americano, ese mundo lleno de nuevas oportunidades, dinero y el trabajo perfecto, se ha trasladado a China, al menos para muchos arquitectos jóvenes como Íñigo Sánchez Arrótegui.

El arquitecto Luis Aguirre en su oficina de Pekín | Liu Xiaopu | elpais.com

El arquitecto Luis Aguirre en su oficina de Pekín | Liu Xiaopu | elpais.com

Este madrileño de 28 años, que lleva trece meses en China, llegó a Pekín un viernes, hizo entrevistas durante una semana, el viernes siguiente firmaba un contrato y el lunes ya trabajaba en Anyscale, un despacho austríaco-alemán con 10 trabajadores. Sánchez se había hecho una lista de despachos que le interesaban y se había ido de puerta en puerta con el portafolio. “Tuve mucha suerte, y estoy contento”, explica, satisfecho con su trabajo, feliz con la casa en la que vive en un barrio tradicional y encantado de poder estudiar chino. A pesar de lo afortunado que se siente, advierte que la realidad no es tan ideal como puede parecer. “Yo vine pensando que esto era mejor de lo que es”.

“Es un país en vías de desarrollo, lo cual conlleva consecuencias, buenas y malas”, dice el madrileño. La arquitectura que se hace en China es muy básica, explica. “El país está creciendo de forma acelerada y no hay una cultura artística muy desarrollada, eso hace que se construya mucho, rápido y que los conceptos de los proyectos sean muy simples. Simplifica el trabajo pero lo hace menos interesante. Hay cosas por hacer, lo cual significa que hay trabajo, pero no es el trabajo de tus sueños”, aclara. La experiencia vital, añade, es la mejor de sus recompensas.

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Lina Yoon

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